En medio del ruido y la prisa por siempre ser eficientes, entre carros, transeúntes y la rutina que se vive en Soacha, un pequeño puesto de libros sale todos los días, desde las 10:00 am. Allí, una pequeña librería cercana a la carretera principal que conecta a toda Ciudad Verde se encuentra Víctor Vielma, escritor y poeta venezolano que ha hecho de la literatura no solo su oficio, sino su forma de comunicar y expresar.
Nacido en Mérida y formado como docente y hombre de letras, ha dedicado su vida a escribir y enseñar, construyendo una obra marcada por la reflexión social y política. Víctor es parte de un pensamiento que entiende la palabra como herramienta crítica, unida a lo espiritual, una postura que ha mantenido incluso fuera de su país, donde el contexto cultural lo obligó a reinventarse.
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El tiempo como buen maestro
Su historia con la escritura comenzó a los 14 años, dice que encontró en las palabras una forma de entender el mundo. Desde entonces, su obra ha estado atravesada por las tensiones de su país natal. En Venezuela se descuidó la democracia, comenta, y en respuesta decidió escribir sobre esas problemáticas, convirtiendo la poesía en un espacio de denuncia y memoria.
En su camino, figuras como Pedro Paulo Paredes marcaron su formación, guiándolo no solo en lo académico sino en la comprensión de la literatura como compromiso y re significación de identidad. También reconoce la influencia de grandes voces venezolanas como Antonio Ramos Sucre y Andrés Eloy Blanco, cuyas obras resuenan en su dialogo.
Hoy, lejos de los grandes escenarios literarios, Vielma vende libros en un puesto ambulante. No lo realiza como sustento económico, lo hace por puro placer de distribuir un arte que lentamente ha ido perdido fuerza, desea de corazón tener un espacio que perdure en el tiempo, pero elementos como el cansancio y lo económico se lo han impedido; entre títulos de autoayuda, clásicos y novelas contemporáneas, también habitan sus propias obras: No hay necesidad de mí en los inviernos, Piélago, Tallado de sombra, La casa del viejo maestro y Cazador de lentitudes.
La paz que habita en relatar
Su discurso es claro y cargado de sinceridad: “La poesía y la literatura salvan”, afirma. Para él, todo aquello que nace de la inquietud puede alimentar el espíritu. En tiempos donde la prisa domina, la mejor de las oportunidades nace en la lectura y las sensibilidades que podemos aprender en ellas.
Más que vender libros, Víctor ha construido un espacio de encuentro con la palabra, la gente se acerca y le pide que traiga sus libros favoritos, a pesar de los tiempos inciertos que pasa la lectura, el cree que aun es un “ejemplar de vida”, una herramienta que permite edificar en lugar de destruir. “No se necesitan críticas que dejen heridas, la construcción del poema es aprender a sanar”, dice, dejando ver una filosofía basada en la construcción y no en la confrontación. Víctor ha creado un pequeño espacio que refleja la resistencia y el amor por crear nuevas sensibilidades, a partir de su propia voz y la de aquellos libros que lo acompañan a todo lado.
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