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    En algún punto invisible del mapa, donde el acento se vuelve puente y el cuerpo idioma, comenzó a latir la escena. No había telón, pero sí una respiración compartida: la del público y la de dos cuerpos que, antes que actores, parecían pulsos. Así apareció Génesis Velasco, como una chispa que no pide permiso, y Tavo Rodríguez, como una raíz que sostiene el temblor. Venían de Guadalajara, México, pero no traían geografía: traían cuerpo y el cuerpo, en su oficio, no es carne: es verbo.

    Génesis habla y sus palabras se deslizan como si llevaran nariz roja, aunque no la tenga puesta. “Los payasos somos titiriteros de las emociones”, dice, y la frase no cae: flota. Porque en su voz la risa no es risa, es un espejo con grietas; una carcajada que se sabe herida. Su arte no es un acto, es una costura: une música, teatro, performance, y los zurce con hilo invisible, ese hilo que atraviesa el pecho cuando algo nos toca sin pedir permiso.

    Tavo, en cambio, no habla: se encarna. Su discurso parece salir desde las rodillas, desde la espalda, desde ese archivo silencioso donde el cuerpo guarda lo que la palabra olvida. “El lenguaje es universal”, dice sin decirlo del todo, porque en él cada gesto es una sílaba y cada silencio una frase completa. Su escena no se cuenta: se siente como un golpe de aire en el rostro.

    Juntos son Maldita Comedia, pero no la que se ríe del mundo, sino la que se ríe con él… o tal vez desde él. Más once años caminando escenarios que no siempre tienen piso, viajando a países donde el idioma se disuelve y queda solo lo esencial: un cuerpo que cae, una mirada que suplica, una torpeza que revela lo humano. Porque el clown, ese territorio malentendido no es un disfraz: es una desnudez. Aquí, la “payasada” no es burla: es filosofía con zapatos grandes.

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    Maldita Comedia en el EIAP Soacha 2026. Foto: Mónica Rodríguez.

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    En Colombia a diferencia de México, la palabra payasada suele quedarse en el chiste. Pero ellos la estiran, la tensan, la vuelven un arco que dispara preguntas. ¿Qué es reír? ¿De qué nos reímos? ¿A quién le pertenece la tragedia? y entonces la escena se convierte en un laboratorio donde lo cotidiano se descompone: la pasta de dientes que cae sobre la camisa blanca no es un accidente, es una tragedia doméstica; las ganas de orinar antes de dormir no son urgencia, son destino. La vida, dicen, es una suma de pequeños derrumbes que aprendimos a maquillar y ahí está la poética: convertir lo mínimo en abismo porque para ellos la comedia no niega la tragedia, la abraza.

    Como dos hermanas enemigas que, en el fondo, comparten el mismo rostro. En su dramaturgia, si es que puede llamarse así no hay escritor sentado, hay cuerpos que piensan en movimiento, ideas que sudan, escenas que nacen de un café, de una pregunta, de una herida social que insiste en hablar. Investigan el dolor como quien examina una grieta en la pared, no para taparla, sino para entender por qué respira y  entonces ocurre lo inevitable: el público deja de ser espectador y se vuelve cómplice en su teatro que nadie mira desde lejos. El espectador es un espejo activo, una pieza del engranaje, un latido necesario. “No somos nada sin el público”, dicen, y no es modestia: es verdad escénica. Sin ese otro que observa, no hay eco; sin eco, no hay caída; sin caída, no hay risa.

    «Nosotros simplificamos el término al decir “payaso”, pero en realidad es una fusión de muchas herramientas escénicas que hemos trabajado durante años. A través de la payasada buscamos generar un mensaje crítico, abierto, incluso abstracto, que permita al público conectar desde la emoción. No se trata solo de hacer reír, sino de provocar reflexión y empatía» , mencionó Tavo.

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    La risa en ellos no es ligera, pesa. Pesa como una pregunta sin respuesta, como un silencio que incomoda, como una verdad que se disfraza para poder decirse y en ese juego de máscaras, donde el bien y el mal se desdibujan como acuarela bajo la lluvia, surge una ética distinta, no la del juicio, sino la de la exposición. No dicen “esto está bien” o “esto está mal”; dicen “esto existe”, y lo colocan en escena como quien pone una herida bajo la luz.

    Ahí, justo ahí, el clown deja de ser personaje y se vuelve espejo. Un espejo torcido, sí, pero honesto. Tal vez por eso Génesis no lo llama complejo, sino completo. Porque en su universo cabe todo,  la risa que alivia, el llanto que interrumpe, el gesto absurdo que revela una verdad incómoda. El clown es una casa sin puertas donde todas las emociones entran sin pedir permiso y mientras la conversación avanza como una escena que se escribe sola queda flotando una pregunta final, densa como un telón que no cae: ¿qué es el bien sin el mal? ¿Qué es la luz sin la sombra? Ellos no responden del todo porque su arte no responde: provoca.

    «Es un lenguaje donde todo tiene cabida: lo cómico, lo trágico, lo absurdo, lo poético. Justamente por esa amplitud, permite explorar una gama muy amplia de emociones.»  puntualizó Génesis. 

    Y quizás esa sea su mayor honestidad: entender que la vida es esa maldita comedia que no se resuelve, solo se representa. Como una función interminable donde cada quien, sin saberlo, lleva puesta una nariz invisible y camina por la cuerda floja de lo cotidiano, esperando, tal vez, que alguien le devuelva la mirada y le recuerde que caer… también puede ser una forma de belleza.

    Maldita Comedia estuvo en Colombia durante el primer semestre del 2026 en ciudades como Soacha, Medellín, Bello, Circasia, entre otros. Podrás conocer de ellos en sus redes sociales@maldita.comedia.

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    Mónica Rodríguez
    Magíster en Creación Literaria

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