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Trabajo periodístico realizado en abril del 2014

Era un frío y nublado viernes, las manecillas del reloj apenas arrastraban las 5:00 de la tarde, la cita era comenzando la noche en Altos de Cazucá en el barrio Julio Rincón, me dispuse a visitar un parche que ha venido trabajando durante 17 años en el municipio de Soacha, con el movimiento y la cultura Hip Hop y sus procesos artísticos y sociales. Dicha colectividad inició con un grupo de jóvenes que a través de áreas artísticas como la danza (break dance), música (rap y DJ), arte visual (grafiti), han venido forjando formas de expresión dinámicas y creadoras, fruto de la realidad que se vive en los barrios y calles de este sector que ha sido enmarcado por la violencia, la pobreza, bandas delincuenciales… producto del conflicto armado interno y las injusticias del país.

Cuando me dispuse a involucrarme y entregarme a una cultura donde existe prácticamente una ritualidad y algunos símbolos propios que los identifica, decidí emplear como atuendo un camuflado que tenía guardado, una camiseta dos tallas más grandes que me habían obsequiado de los EE. UU. y una gorra que pedí prestada a mi hermano, preparado y con ansias emprendí el viaje hacia la loma, tan solo bastaría esperar la buseta y disfrutar del paisaje urbano Soachuno.

La noche empezaría cobijar el caserío, una a una las casas encendían las luces como un grupo de luciérnagas que revolotean un arbusto, durante el trayecto a la buseta se subió un joven con una vestimenta similar a la mía, un fuerte saludo rompió el silencio de los pasajeros y con un pequeño bafle comenzó a entonar algunas líricas e improvisar con las características de cada  uno de los pasajeros, cuando se acercó a mi empezó a rimar y a resaltar mis grandes anteojos y mis brackets, yo  sonreía y sonrojaba mientras intentaba sacar de mi bolsillo derecho algunas monedas para recompensar su trabajo, oficio que hoy se ha vuelto regular en el transporte público por parte de estos juglares urbanos.

El inicio de una aventura

– ¡Qué hubo Parcero!, se perdió-, así fui recibido por Miguel con quien había hecho el contacto por Facebook para que me guiara en esta travesía. Miguel es un joven de 29 años, alto, blanco, en su ceja derecha y poblada posa una perforación, sus brazos son adornados con tatuajes con letras en desorden que no se logran identificar bien, viste de ancho como coloquialmente se dice y porta un cigarrillo en su oreja a la espera de ser encendido.

Mientras subíamos dos cuadras más, Miguel cuestionaba mi ropa, aseguraba que había visto varias de mis fotos por la red social y que nunca me vio vestir de ancho, yo le expuse que quería pasar desapercibido y que era parte del ejercicio, tan solo me respondió sarcásticamente: –el Hip Hop no es moda, la ropa ancha tiene un significado muy particular y es libertad, hay que dejar el visaje-, me sentí algo incomodo y guardé silencio mientras a lo lejos se escuchaba el retumbar de algunas melodías del rap. Nuestra última parada fue en un salón comunal bastante amplio, ambientado con la música de un tocadiscos que era manipulado por un DJ, la luz a medio encender y el humo en algunos rincones, del cigarrillo y de la Ganjah o bareta, como es llamada la marihuana, la comunidad Hip Hopper era la protagonista esa noche.

El Parche

Miguel me dejó con su grupo de amigos, el negro, Daniel, Ricardo y Leo quienes me recibieron amenamente. Ellos son bailarines de Break Dance, se podía notar en sus cuerpos robustos, producto de las técnicas en piruetas que se emplean allí.  El término que se usa para denominarlos es: B-Boys y a las mujeres B-Girls.

Me había dedicado por un instante a escuchar la conversación que sostenía el grupo, entre  anécdotas e historias de vida recordaban algunas  presentaciones por varios lugares del país, del nacimiento del grupo y de todos los que han pasado por este,  Bboy Daniel era campeón Nacional de Break Dance y había tenido la oportunidad de viajar al exterior, es el organizador de uno de los eventos más importantes en materia de danza Torneo de Break Dance, Bboy  negro y Bboy Leo manejan la escuela de break en varias comunas del municipio, 17 años de trabajo arduo en pro de la cultura Hip Hopper, donde Soacha es reconocida como emporio de la cultura Hip Hop dice Bboy Daniel narrando orgullosamente sus hazañas.

En la esquina muy cerca a los baños se encontraban los MCS, también conocidos como raperos, quienes se retaban entre sí en un duelo de rimas improvisadas. Me llamó mucho la atención así que decidí acercarme con la sorpresa de que nuevamente mis grandes anteojos y brackets salían a relucir, esta vez no me sonroje tan solo ponía atención y movía la cabeza de arriba abajo. “Fercho”, uno de los raperos con más trayectoria me incitó a que me uniera en el ruedo del estilo libre (Freestyle), me dio algunas pautas, pero no logré acoplarme a la perfección como ellos lo hacían, en ese instante no se me ocurría nada, mi risa tonta camuflaba la vergüenza que podría sentir si me decidía rimar, rompí ese momento con un – No se me ocurre nada, yo los escucho-…

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La curiosidad

La noche avanzaba y con ella mi ansiedad de saber más, salí un rato a la calle a encender un cigarrillo que me había brindado Fercho. Mientras el humo de mi cigarro se fusionaba con la espesa niebla de la oscuridad y mis oídos zumbaban al ritmo del chispum, mis ojos apenas podían contemplar aquel paisaje nocturno, cuando de repente y de la nada un chico de más o menos trece años se me acercó y me ofreció marihuana para que le comprara. Mi rostro perplejo indicaba un NO como respuesta, opté por botar lo que quedaba del cigarrillo y entré rápidamente al salón.

Debo confesar que sentí mucho susto pues en una de las charlas que sostuve con uno de los raperos, me comentaba que la zona donde nos encontrábamos es “caliente” y que el robo y la violencia tomaban poder a altas horas de la noche. Daniel se me acerca y me dice que aquel niño se llama  Chiche Juan, un jíbaro del barrio que en cualquier momento puede ser dado de baja por la limpieza social.

Miguel me brindó una copa de Chinchin, una bebida alcohólica cuya presentación viene en caja de color azul satín y que en el mercado se puede encontrar con un valor de $6.000.- Hágale, sin mente- dice Miguel.  Lo bebí de un golpe y sin pensarlo, una sensación de ardor hizo que los músculos de mi cara se transformasen mientras él celebraba –Buena Buena-. Luego, me dispuse a dar una vuelta por el salón, a todo aquel que encontraba me saludada –En la buena, Parcero-, las chicas con tan solo una sonrisa dejaban ver su lado amable, me sentía en confianza. Intenté buscar un lugar cómodo y libre de ruido para reportarme en casa, me dirigí hacia una esquina y me incliné para tratando de que mi celular saliera alguna llamada, era imposible había bastante retumbo así que decidí ligeramente enviar un mensaje de texto.

No todo es como lo pintan

El olor a marihuana era constante, “Fercho” me cuenta que la Ganjah es fumada con el objetivo de tener un acercamiento con las energías positivas que la madre tierra brinda, pero que, al depender de ella, trae consigo consecuencias como el robo para obtenerla y hasta llegar a la indigencia, una problemática que es visible en la ciudad. Mi etnocentrismo no me permitía ver más allá del significado que tenía para algunos hiphopers fumar la marihuana, desde hace un tiempo hacía parte de las personas que estigmatizan a los raperos como personas violentas, consumidoras de muchas sustancias, que delinquen constantemente y, por supuesto, de un nivel socioeconómico muy bajo.

Puedo recordar en algún momento cuando salía con mi madre hacer alguna compra, se aterrorizaba solo por el hecho de ver un hiphoper pasar al lado nuestro, se aferraba a mi brazo y me decía en voz baja- vamos más rápido y remataba con una oración sangre de Cristo protégenos… es importante dejar a un lado esas barreras interculturales que no permiten que podamos vivir en convivencia y tolerancia, el respeto debe ser fundamental en la interlocución con quienes compartimos un territorio.

-Por unos pocos que roban, asesinan y por los mensajes de nuestra música, es que la gente nos ve como hampones, pero ellos no saben que nuestra ideología tiene bases de protesta por el sistema opresor que divide la sociedad en clases, nos importa el bienestar del barrio, las mejores historias son las que surgen de los barrios, la fundación ha trabajado para el buen aprovechamiento del tiempo libre y eso nadie lo ve, decía Fercho mientras armaba la bareto.

Descansaba sobre una tabla que era sostenida por dos ladrillos, cuando escuché con atención a varios raperos cantar, rimar y hacer denuncia social. Las historias que narran sus letras y estribillos repiten hasta el cansancio las condiciones de vida existentes en el país: violencia de todos los calibres, exclusión, pobreza, adicciones desbocadas a las drogas y el licor. Estos juglares contemporáneos han logrado trascender a través de sus composiciones al público, que con una mano arriba y al compás del chispum se unían a la agudeza de estas denuncias, en ese momento deduciría que cualquier manifestación artística funciona como herramienta de denuncia, que no puede ser censurada.

El desenlace

Eran las 11:00 de la noche, el momento más esperado por los asistentes, los breakers y Bboys harían su espectáculo en compañía de los raperos y del DJ. En el centro del salón se extiende un gran tapete de caucho ajedrezado, Daniel, Leo, el negro y Miguel con un improvisado calentamiento se preparaban para demostrar sus habilidades y destrezas. Giros con la cabeza, contorsiones y piruetas en el aire amortiguadas con una sola mano burlaban la ley de gravedad. Los aplausos eran de esperarse. En ese momento la emoción, la adrenalina y la alegría se apoderaba de todos nosotros. Fue un espectáculo maravilloso.

Al terminar Miguel se me acercó y con un gran abrazo transpirado agradeció mi asistencia, le confesé que había sido una magnifica experiencia y que admiraba bastante el proceso y la cultura. Él me sonrió y me ofreció un cigarrillo, nuevamente salimos y conversamos un buen tiempo. Para Miguel el proceso que llevan a través de su organización ha sido vital para sacar a varios chicos de la delincuencia. – Somos una cultura, un movimiento que trabaja por los derechos humanos, por lo jóvenes de Cazucá- así lo repetía una y otra vez, además me preguntaba cómo me había sentido esa noche. Le respondí positivamente a todo lo que había visto y sentido, de la connotación que tenía del Hip Hopper y de lo que ahora podría decir.

Pedí un carro que me dejara en casa, mientras éste llegaba pasé los últimos minutos agradeciendo y felicitando a los chicos. Intercambiamos cuentas de Facebook y Twitter, tomé un último trago de Chinchin e intente crear algunas rimas, hasta que Bboy negro irrumpió con un grito, –Hey, Gomelo, ya llegó la limusina– me despedí y salí del salón.

Un Renault cuatro blanco me esperaba, al ingresar, Don Saulo me brinda su saludo y me pregunta hacia donde me dirigía, me disponía a decirle cuando de la nada, todo el chispum que ya mi mente había archivado, fue apoderado por las tonadas de unos cuantos corridos prohibidos.

Durante el regreso a casa me fui charlando con el conductor sobre mi experiencia y algunas cosas de la universidad, el hombre me inspiraba confianza. Para él los raperos, los breakers, los grafiteros son marihuaneros y los repudia. Yo intente comentarle y persuadirlo de que no todos son así, pero él se mantenía en que eran hampones. Cerca de la puerta y con decepción por no haber logrado el cometido con Don Saulo, pagué el viaje, me despedí e ingresé a casa con ansias de escribir esta aventura que ahora puede ser leída por usted.

Foto de referencia.

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